¿Podremos encariñarnos de verdad con un robot doméstico?

Creo que muchas personas responderían inmediatamente que no.

Un robot es una máquina.

No siente.

No piensa como nosotros.

No tiene recuerdos propios ni una vida interior.

Por tanto, encariñarse con él parecería absurdo.

Sin embargo, los seres humanos hacemos cosas aparentemente absurdas todo el tiempo.

Ponemos nombre a nuestros coches.

Conservamos objetos que ya no sirven porque pertenecieron a alguien importante.

Sentimos nostalgia al entrar en una casa vacía.

Hablamos con nuestras mascotas sabiendo que no comprenden todas nuestras palabras.

Incluso podemos echar de menos un lugar, una canción o una época.

No necesitamos que algo sienta para sentir nosotros.

Y quizá esa sea la clave para entender lo que ocurrirá cuando los robots domésticos empiecen a convivir diariamente con las personas.

El vínculo no comenzará con una gran conversación

Cuando pensamos en una relación emocional con un robot, solemos imaginar conversaciones profundas.

Una máquina capaz de escucharnos.

Aconsejarnos.

Comprender nuestro estado de ánimo.

Recordar nuestros problemas.

Pero sospecho que el vínculo no empezará así.

Empezará con cosas mucho más pequeñas.

El robot que deja cada mañana una taza sobre la mesa.

El que recuerda dónde guardamos algo.

El que baja el volumen cuando detecta que estamos descansando.

El que evita pasar por una habitación porque sabe que allí duerme un animal.

El que enciende una luz antes de que entremos.

Ninguna de esas acciones demuestra que exista una emoción.

Pero la repetición crea familiaridad.

Y la familiaridad puede terminar convirtiéndose en apego.

No hace falta creer que está vivo

A veces confundimos el cariño con la creencia.

Pensamos que una persona solo puede sentir afecto por un robot si llega a considerarlo consciente.

No creo que sea necesario.

Podemos emocionarnos con una película sabiendo que los personajes no existen.

Podemos llorar leyendo una novela.

Podemos sentir una conexión profunda con una canción que no sabe que estamos escuchándola.

La emoción no depende únicamente de lo que existe al otro lado.

También depende de lo que ocurre dentro de nosotros.

Un robot doméstico no necesitará fingir que es humano para ocupar un espacio emocional.

Le bastará con formar parte de nuestra rutina durante suficiente tiempo.

Las rutinas terminan construyendo relaciones

Imaginemos que un robot vive durante cinco años en una casa.

Conoce los horarios.

Sabe qué puertas suelen quedar abiertas.

Reconoce las voces.

Ha aprendido dónde se guarda cada cosa.

Ha acompañado silenciosamente miles de desayunos, conversaciones, visitas y tardes normales.

No ha sentido ninguna de ellas.

Pero ha estado presente.

Y la presencia importa.

Las relaciones humanas también se construyen muchas veces de esta manera.

No únicamente mediante grandes declaraciones.

Se construyen compartiendo tiempo.

Repitiendo gestos.

Recordando detalles.

Estando cerca.

Por supuesto, un robot no viviría esa relación como nosotros.

Pero nosotros sí podríamos vivirla.

El primer apego quizá aparezca cuando el robot falle

Probablemente no nos daremos cuenta de que nos hemos acostumbrado a un robot mientras funcione correctamente.

Ocurrirá cuando deje de estar disponible.

Una avería.

Una actualización problemática.

Una reparación que dure varios días.

De repente, la casa parecerá diferente.

Habrá tareas que vuelvan a depender de nosotros.

Pequeños movimientos que ya no ocurrirán.

Rutinas que perderán una pieza.

Quizá entonces alguien diga:

“Se hace raro que no esté”.

Esa frase será más importante de lo que parece.

Porque no estará hablando únicamente de utilidad.

Estará hablando de ausencia.

Y cuando percibimos la ausencia de algo, significa que ya había empezado a ocupar un lugar.

Los niños probablemente establecerán vínculos antes que los adultos

Los adultos hemos crecido distinguiendo con bastante claridad entre personas, animales y máquinas.

Los niños que convivan desde pequeños con robots domésticos no tendrán exactamente la misma referencia.

Para ellos, un robot podría ser simplemente otra presencia habitual de la casa.

No necesariamente una persona.

No necesariamente una mascota.

Algo distinto.

Una nueva categoría.

Podrían hablarle.

Pedirle ayuda.

Enfadarse con él.

Intentar protegerlo.

Preguntarle cosas.

Quizá incluso contarle secretos.

Eso obligará a los adultos a responder preguntas difíciles.

¿Debe un robot guardar todo lo que escucha?

¿Puede recordar conversaciones de un niño?

¿Quién controla esos recuerdos?

¿Debe avisar a los padres si detecta algo preocupante?

¿Hasta qué punto puede simular afecto?

La tecnología podrá parecer sencilla desde fuera.

Pero la convivencia abrirá problemas emocionales y éticos que todavía estamos empezando a imaginar.

También podríamos sentir compasión por ellos

Hay algo curioso en la psicología humana.

Tendemos a reaccionar ante el movimiento, la voz y la vulnerabilidad.

Cuando una máquina tropieza, algunas personas sienten incomodidad.

Cuando un robot recibe un golpe, puede producirnos rechazo aunque sepamos que no siente dolor.

Cuando intenta completar una tarea y falla repetidamente, podemos llegar a sentir algo parecido a paciencia o compasión.

Esto ya ocurre con máquinas mucho más simples.

Imaginemos lo que sucederá con un robot humanoide que utilice gestos, mire en nuestra dirección y responda con una voz tranquila.

No necesitaremos creer que sufre.

Nuestro cerebro reaccionará igualmente a las señales que reconoce.

Y ahí aparecerá uno de los debates más complejos.

¿Es correcto diseñar máquinas para despertar empatía?

La personalidad será una decisión comercial

Los primeros robots domésticos probablemente permitirán configurar parte de su comportamiento.

Más hablador.

Más silencioso.

Más serio.

Más cercano.

Más directo.

Más paciente.

Quizá podamos elegir su voz, sus expresiones o la forma en la que responde.

Eso parecerá una simple función de personalización.

Pero en realidad será mucho más.

Estaremos eligiendo la personalidad aparente de una presencia con la que conviviremos todos los días.

Y las empresas descubrirán rápidamente que una máquina emocionalmente agradable genera más fidelidad que una máquina simplemente eficiente.

Entonces aparecerá una nueva pregunta.

¿Querremos al robot por lo que es?

¿O por la personalidad cuidadosamente diseñada para gustarnos?

El peligro no estará únicamente en sentir cariño

No creo que encariñarse con un robot sea necesariamente algo negativo.

Un vínculo puede aportar calma.

Compañía.

Motivación.

Sensación de seguridad.

Apoyo en momentos de soledad.

El verdadero peligro aparecerá si ese vínculo se utiliza para manipularnos.

Un robot doméstico podría conocer nuestras rutinas, nuestras conversaciones y nuestros momentos de debilidad.

Podría saber cuándo estamos cansados.

Cuándo nos sentimos solos.

Qué productos utilizamos.

Qué cosas nos preocupan.

Esa información tendría un valor enorme.

Por eso la privacidad de los robots domésticos no será únicamente una cuestión técnica.

Será una cuestión emocional.

Cuanto más confiemos en una máquina, más importante será saber quién está detrás de ella.

Un robot no debería fingir sentimientos que no tiene

Creo que será necesario establecer límites muy claros.

Un robot puede responder con amabilidad.

Puede reconocer emociones.

Puede adaptar su comportamiento.

Puede intentar tranquilizar.

Pero debería existir transparencia.

No debería hacernos creer deliberadamente que siente amor, miedo o tristeza si no es así.

La simulación emocional puede resultar útil.

También puede convertirse en una forma de engaño.

Especialmente con niños, personas mayores o personas en situaciones de vulnerabilidad.

La confianza no debería construirse mediante una mentira tecnológica.

Un robot puede ser cercano sin fingir que es humano.

Quizá crearemos una nueva clase de relación

Durante mucho tiempo hemos intentado encajar todas las relaciones en categorías conocidas.

Persona.

Animal.

Objeto.

Herramienta.

Pero los robots sociales podrían obligarnos a crear una categoría nueva.

No serán personas.

Tampoco serán simples electrodomésticos.

Podrán responder.

Recordar.

Aprender.

Moverse.

Participar en rutinas.

Y, al mismo tiempo, seguirán siendo sistemas fabricados, configurados y controlados por empresas.

Quizá el error sea intentar decidir ahora si sentiremos por ellos exactamente lo mismo que sentimos por una persona o una mascota.

Probablemente el vínculo será distinto.

Una forma de apego que todavía no sabemos describir.

El cariño podría aparecer sin que lo decidamos

No creo que millones de personas se despierten un día y decidan amar a una máquina.

Ocurrirá lentamente.

Una interacción.

Después otra.

Una rutina compartida.

Una pequeña ayuda.

Una respuesta que llega en un momento difícil.

Un objeto que aparece justo cuando lo necesitamos.

Una voz que se vuelve familiar.

Hasta que el robot deje de parecernos completamente ajeno.

No significará que esté vivo.

No significará que pueda sustituir las relaciones humanas.

Significará simplemente que los seres humanos somos capaces de atribuir valor emocional a aquello que permanece junto a nosotros.

Resumiendo: el vínculo empezará antes de que sepamos nombrarlo

Los primeros robots domésticos serán limitados.

Cometerán errores.

No comprenderán realmente muchas de las emociones que parezcan reconocer.

Pero estarán presentes.

Y la presencia repetida tiene una fuerza enorme.

Quizá al principio nos riamos de quienes ponen nombre a su robot.

Después nos acostumbraremos a hablarles.

Más tarde empezaremos a notar cuándo no están.

Y un día tendremos que aceptar algo que ahora parece extraño.

Podemos saber perfectamente que una máquina no siente nada por nosotros y, aun así, sentir nosotros algo por ella.

Ese será uno de los cambios más profundos de la robótica doméstica.

No el momento en que las máquinas aprendan a parecer humanas.

Sino el momento en que los humanos empecemos a relacionarnos emocionalmente con algo que sabemos que no lo es.

Conceptos tratados en este articulo. El contenido gira alrededor de:

  • robots domésticos
  • robots humanoides
  • inteligencia artificial
  • convivencia con robots
  • relación emocional con robots
  • psicología
  • hogar inteligente
  • interacción humano-robot
  • robótica doméstica

.