Creo que estamos imaginando mal los primeros robots domésticos.
Cuando alguien habla de robots humanoides entrando en nuestras casas, casi siempre aparece la misma imagen.
Una máquina perfecta.
Elegante.
Rápida.
Capaz de cocinar, limpiar, mantener una conversación brillante y resolver cualquier problema doméstico.
Algo parecido a un mayordomo de ciencia ficción.
Yo no creo que vaya a ocurrir así.
De hecho, sospecho que los primeros robots domésticos realmente útiles serán bastante torpes.
Caminarán despacio.
Tardarán demasiado en hacer algunas tareas.
Se equivocarán.
Necesitarán ayuda.
Y probablemente habrá momentos en los que pensemos que podríamos haber hecho nosotros mismos el trabajo mucho más rápido.
Pero eso no significa que vayan a fracasar.
Porque la historia de la tecnología nunca ha empezado con productos perfectos.
Ha empezado con productos suficientemente útiles.
El primer robot doméstico no tendrá que saber hacerlo todo
Hay una obsesión extraña con imaginar robots capaces de realizar cientos de tareas.
Limpiar.
Cocinar.
Planchar.
Ordenar.
Cuidar personas.
Vigilar la casa.
Mantener conversaciones.
Quizá algún día lleguemos a ese punto.
Pero los primeros robots domésticos que realmente cambien nuestra vida no necesitarán hacer todo eso.
Bastará con que hagan tres o cuatro cosas bien.
Recoger objetos del suelo.
Transportar pequeñas cargas.
Colocar algunas cosas en su sitio.
Ayudar con tareas repetitivas.
Permanecer disponibles cuando los necesitemos.
Puede parecer poco.
Pero pensemos en cuántas veces repetimos pequeñas acciones dentro de casa durante toda una vida.
Guardar.
Mover.
Recoger.
Traer.
Llevar.
Ordenar.
Una máquina capaz de asumir una parte de esas tareas no necesitará ser espectacular para convertirse en algo valioso.
Solo tendrá que estar ahí.
La utilidad doméstica será muy diferente a la utilidad industrial
Una fábrica es un entorno relativamente controlado.
Los espacios están diseñados para trabajar.
Los movimientos se repiten.
Los objetos suelen encontrarse donde deberían estar.
Una casa es exactamente lo contrario.
Hay zapatos en lugares inesperados.
Sillas que ayer estaban en otra posición.
Mascotas cruzando una habitación.
Puertas medio abiertas.
Bolsas en el suelo.
Personas cambiando constantemente de rutina.
El hogar es un caos silencioso.
Y quizá por eso construir un robot doméstico verdaderamente útil sea uno de los desafíos tecnológicos más interesantes de nuestra época.
No tendrá que aprender simplemente a caminar.
Tendrá que aprender a convivir.
Los primeros robots domésticos tendrán que aprender a no molestar
Esta idea me parece mucho más importante de lo que parece.
Un buen robot doméstico no será el que haga más cosas.
Será el que sepa cuándo hacerlas.
No debería empezar a mover objetos mientras alguien intenta descansar.
No debería cruzarse constantemente en nuestro camino.
No debería llenar la casa de sonidos, avisos y movimientos innecesarios.
Tendrá que aprender algo que los humanos tardamos años en comprender.
La presencia también ocupa espacio.
En una fábrica, la eficiencia puede ser suficiente.
En un hogar, además de eficiente, una máquina tendrá que resultar tolerable.
Quizá incluso agradable.
Porque nadie quiere vivir con una tecnología que le recuerde constantemente que está ahí.
La verdadera inteligencia doméstica será entender el contexto
Imaginemos una situación sencilla.
Una persona está sentada leyendo.
Hay una taza vacía sobre la mesa.
Un robot podría recogerla inmediatamente.
Técnicamente sería eficiente.
Pero quizá esa persona todavía está utilizando la taza.
Quizá piensa levantarse dentro de cinco minutos.
Quizá simplemente no quiere que nada se mueva a su alrededor en ese momento.
Comprender una casa no consiste únicamente en reconocer objetos.
Consiste en interpretar situaciones.
Y ahí estará uno de los grandes desafíos de la robótica doméstica.
Saber cuándo actuar.
Y también saber cuándo no hacer nada.
Cuanto más pienso en ello, más creo que la inteligencia más valiosa de un robot doméstico no será la velocidad.
Será la discreción.
Los robots tendrán que convivir también con animales
Este es un tema que me interesa especialmente.
Las casas no están habitadas únicamente por humanos.
Millones de personas viven con gatos, perros y otros animales que perciben el mundo de una forma completamente diferente.
Un robot humanoide puede parecer fascinante para nosotros.
Para un gato puede ser simplemente una enorme figura desconocida moviéndose por su territorio.
Para un perro puede convertirse en algo que necesita observar, seguir o incluso proteger.
Los primeros robots domésticos tendrán que aprender también esas dinámicas.
Reducir movimientos bruscos.
Interpretar distancias.
Evitar bloquear espacios.
Reconocer cuándo un animal está descansando.
Quizá incluso adaptar su comportamiento a cada mascota.
No me sorprendería que algunos de los problemas más inesperados de la robótica doméstica aparezcan precisamente ahí.
No en la inteligencia artificial.
Sino en un gato negándose a aceptar que una máquina de metro y medio atraviese su salón cada mañana.
Al principio probablemente nos desesperarán
Creo que esto ocurrirá.
Veremos vídeos impresionantes.
Presentaciones perfectamente preparadas.
Demostraciones donde todo funciona.
Y después alguien comprará uno de los primeros robots domésticos.
El robot tardará demasiado en recoger una habitación.
No entenderá una instrucción.
Colocará algo en el lugar equivocado.
Se quedará parado ante una situación inesperada.
Y las redes sociales se llenarán de personas diciendo que la robótica humanoide ha sido sobrevalorada.
Ya hemos visto esa historia antes.
Las primeras versiones de muchas tecnologías importantes parecían limitadas.
Internet era lento.
Los teléfonos móviles eran enormes.
Los primeros smartphones tenían problemas que hoy resultarían ridículos.
La tecnología no necesita empezar siendo perfecta.
Necesita encontrar una dirección.
El momento importante será cuando empecemos a echarlos de menos
Hay una prueba muy sencilla para saber si una tecnología se ha integrado realmente en nuestra vida.
La notamos cuando desaparece.
Cuando falla internet.
Cuando olvidamos el teléfono.
Cuando se estropea un electrodoméstico que utilizamos cada día.
Quizá con los robots domésticos ocurra lo mismo.
Al principio observaremos cada movimiento.
Nos parecerá extraño verlo caminar por casa.
Explicaremos a las visitas cómo funciona.
Grabaremos vídeos.
Pero llegará un momento en el que dejaremos de prestarle atención.
Y quizá un día el robot necesite una reparación.
Entonces alguien tendrá que recoger los objetos.
Mover las cajas.
Ordenar pequeñas cosas.
Traer aquello que antes aparecía simplemente cuando se necesitaba.
Y pensaremos algo muy sencillo.
Lo echo de menos.
Ese día la robótica doméstica habrá ganado.
No necesitaremos robots perfectos
Creo que este es uno de los errores más grandes cuando imaginamos el futuro.
Esperamos perfección.
Pero las personas nunca hemos exigido perfección a la tecnología.
Hemos aceptado dispositivos con errores cuando su utilidad compensaba sus limitaciones.
Los primeros robots domésticos útiles probablemente serán lentos.
Caros.
Limitados.
Y en algunos momentos profundamente frustrantes.
Pero también harán pequeñas cosas por nosotros.
Cada día.
Durante años.
Y las pequeñas ayudas repetidas terminan cambiando una vida mucho más que las grandes demostraciones tecnológicas.
Quizá el futuro de los robots domésticos no empiece con una máquina capaz de hacer todo.
Quizá empiece con una máquina capaz de hacer unas pocas cosas.
Sin molestar demasiado.
Sin ocupar constantemente nuestra atención.
Aprendiendo lentamente nuestras rutinas.
Hasta que una tarde entremos en casa, veamos al robot cruzar el salón y continuemos con nuestra vida sin pensar absolutamente nada.
Creo que ese será el verdadero comienzo.
No cuando los robots domésticos nos impresionen.
Sino cuando dejen de hacerlo.